La historia de Patricia Ocampo, una ex tarefera que lucha por mate sin trabajo infantil

Una ex tarefera que lucha por mate sin trabajo infantil

La historia de Patricia Ocampo, una ex tarefera que lucha por mate sin trabajo infantil

Ella sabe en carne propia lo que son las rudezas de la vida de la familia tarefera, en la que hasta los más pequeños deben abocarse a la tarea de cosecha de la yerba mate, vulnerando todos sus derechos. Lo cierto es que la enorme mayoría de la yerba que consumimos se produce con trabajo infantil, algo que Patricia Ocampo está determinada a desterrar.

Patricia Ocampo presentó recientemente en el Congreso el documental “Me gusta el mate, sin trabajo infantil”, para desnudar la cruel realidad de la cosecha de la yerba, una problemática que está instalada en los establecimientos desde siempre y que parece no poder combatirse. Esta pieza audiovisual condensa el trabajo que se inició en 2013, con peticiones on line y proyectos de ley, respondiendo a su necesidad de cambiar la realidad que vivió desde sus primeros años de vida.

Con apenas tres años, Ocampo participó por primera vez junto a su familia de la tarefa, a algunos kilómetros de la ciudad de Oberá. La vida de los cosechadores y sus familias es muy dura: levantarse a la madrugada, esperar al camión, ir hacia la tarefa, trabajar entre 15 días y un mes, para luego volver a la ciudad. Por suerte, sus padres pudieron conseguir otros empleos y así salir de esa vida tan injusta. “Se rebelaron contra el sistema y dejaron de naturalizarlo, como yo, que ahora quiero ser la voz de los que no la tienen y poner en palabras lo que pasa en los campos hace cientos de años”, expresa.

La vida de los tareferos está desabastecidas de los mínimos requerimientos. “Como tienen que trabajar y no pueden mantener dos viviendas, se llevan a las familias. Viven en carpas, sobre colchones, que ni siquiera son colchones. Toman agua, si hay un arroyo. Se asean y van al baño en el monte. Comen reviro (mezcla de harina, sal y agua) y chipa, una o dos veces por día, y trabajan entre 10 y 12 horas de corrido. Allí, los chicos empiezan a cosechar a los cuatro años. Al principio, lo hacen como un juego, hasta que comienzan a ganar su plata, ven que se pueden comprar alguna cosita, y dejan la escuela. Cuando les preguntás, siempre está el que dice que sueña con ser capataz”, narra.

Un niño tiene derecho a crecer en otro contexto, saludable y limpio, con sus necesidades básicas satisfechas, pudiendo asistir a la escuela. La tarefa no es lugar para los chicos. El pasado año, una pareja de jóvenes de apenas 17 y 18 años llevó a su bebé y lo dejó en la sombra para protegerlo del sol. Un camión dio marcha atrás y lo mató en el acto. Desgracias como esta no son poco frecuentes en los yerbales.

Sin embargo, este sistema está destinado a reproducirse, ya que como señalan algunas ONG dedicadas al tema, el traslado y asentamiento de las familias a los campos se vuelve “funcional al poder económico” como también el hecho de “no poder educarse o elegir qué tipo de vida tener”, porque eso garantiza que el día de mañana siga habiendo un ejército de tareferos dispuestos a trabajar de sol a sol a cambio de casi nada, mientras el negocio millonario de la yerba goza de buena salud. En este contexto, no extraña a nadie la aparición de la desnutrición y las enfermedades, algunas de las cuales derivan de la exposición a agroquímicos que se utilizan.

El momento a partir del cual Patricia sintió que tenía que hacer algo por los tareferos fue tras el fallecimiento de Fernando de 13 años, quien viajaba con su papá y otros chicos rumbo a la tarefa en un camión viejo y en mal estado, cuando sufrió un accidente.

Primero, se formó una comisión que los representara y generara políticas públicas. Con el apoyo de 51 mil firmantes, surgió la Copreti, una mesa multisectorial orientada a poner fin al trabajo infantil en la cosecha de la hoja de yerba mate. Esa primera experiencia no prosperó, pero Patricia no bajó los brazos.

Surgió entonces la idea de promover un mate certificado, libre de esa práctica, y ofrecido en góndola por apenas unos centavos más. Hoy, los tareferos ganan un promedio de 500 pesos por tonelada y llegan a hacer apenas 150 a 200, trabajando desde las 4 o 5 de la mañana hasta la tardecita. El proyecto tiene por objetivo que el salario del tarefero se duplique, para que no sea necesario ya trasladarse con esposa e hijos, y haya entes de control, como las universidades, que constaten que no hay chicos en los campos.

“Si vos leés, en la cadena de la yerba mate, el tarefero no existe. El proceso arranca recién con el productor, y el tarefero se vuelve invisible a la sociedad”, apunta Ocampo.

“Hay pequeñas cositas que podemos hacer, sin demasiado esfuerzo: no aceptar ni naturalizar la problemática, y apoyar con una firma para que la ley salga y todos podamos elegir en góndola este mate”, agregando que: “Creo que nadie quiere ser así porque elija serlo; creo que nadie quiere ser pobre. Tenemos que salvarnos entre todos y esto está en vernos más, aunque ver, más que mirar, al otro implique involucrarse y no escaparle al dolor”.

Los números son contundentes. El 90 por ciento de la yerba mate que se consume en la Argentina y el 60 por ciento de la que se puede adquirir en el exterior se cultiva en Misiones, con trabajo infantil. El 16 por ciento de los menores, hijos de tareferos, nunca concurrió a la escuela y se dedica al trabajo rural para ayudar a sus familias. En ese contexto, el 80 por ciento de esas familias usa letrinas y casi el 50 por ciento no tiene agua potable.

Sitio web Un Sueño para Misiones

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