El último mate amargo

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El último mate amargo Por Miguel Jurado

Me tendría que haber dado cuenta antes, cuando me invitó a tomar unos mates. Pero fui confiado, casi entusiasmado. Del mate ni me acordé hasta que la vi echando agua caliente sobre el lado de la bombilla, con una montañita de yerba seca en el lado opuesto.

Siempre fue muy meticulosa con el mate. Le gustaba tomarlo sola porque era uruguaya. Me tendría que haber dado cuenta antes.

Empezó a hablar despacio, le gustaba hablar lento porque era canaria, de Canelones. Empezó con una reflexión casi espontánea. “Las relaciones -dijo- son como los mates amargos, empiezan fuertes y calientes. Al principio no son para cualquiera. Pero cuando son buenas, apenas las probás querés más. Y como el amargo, al rato se ponen tan buenas que deseás que sean así para siempre”.

Hizo un silencio largo. Yo escuchaba y esperaba mi turno con paciencia, como me había acostumbrado con ella. Porque sabía que los mates no me iban a tocar enseguida, porque los uruguayos no te convidan de entrada.

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“Las relaciones son como los mates amargos -siguió-, las vas alimentando con ganas pero, de a poco, van perdiendo el sabor. Un buen cebador sabe estirarlas, pero tarde o temprano se vuelven insípidas. Podés seguir tomando por costumbre pero llega la hora en la que tenés que cambiar la yerba”.

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Para el momento en que me tocó el turno, ya había entendido todo. Ese iba a ser el último mate que me iba a cebar alguna vez. Lo agarré con la vergüenza del que sabe que se tendría que haber dado cuenta antes. Puse mis labios en la bombilla y succioné con resignación y entereza.

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